Peio Aguirre
Crítico de arte, comisario independiente y editor


Pilar Acón Segura
Coordinadora de la especialidad Diseño de Producto docente del departamento de proyectos







Marina Fernández Ramos
Docente del departamento de proyectos









Belén González Riaza
Jefa del departamento de relaciones internacionales. Docente del departamento de proyectos.




















Eva Iszoro Zak
Docente del departamento de proyectos














Marta Pastor Estébanez
Coordinadora del Máster en Diseño de Espacios Comerciales y docente del departamento de proyectos









Marisa Gallén
Presidenta Associació València Capital del Diseny
Alba Armada
Docente del departamento de proyectos
José María Canalejas
Docente del departamento de materiales y tecnología








Pierluigi Cattermole
Docente especialista
































José Miguel Celestino Mur
Vicedirector de la Escuela Superior de Diseño de Madrid














Ana Belén Rojo Ojados
Docente del departamento de cultura y gestión del diseño











Fernando Castro Flórez
Julia Oliet Palá
Coordinadora de la formación básica
José María Ribagorda Paniagua
Coordinador de la especialidad de diseño gráfico
Guadalupe Martín Herández
Coordinadora de la especialidad de diseño de interiores
Angelina Gallego Villegas
Coordinadora de la especialidad de diseño de moda
Estrella Juárez Millán
Coordinadora de la especialidad de diseño de producto
Adam Bresnick Hecht
Coordinador del Máster en diseño interactivo
Luis Conde Arranz
Coordinador del Máster en diseño interactivo































































Temas
Tipo
Año
Diseño para la innovación social
Por Pierluigi Cattermole
Docente especialista

Quienes ahora cursan la asignatura de Diseño e innovación social en la Escuela Superior de Diseño de Madrid (que son mayoritariamente mujeres, por lo que en adelante me referiré a ellas con el género femenino), es muy probable que hayan nacido con el milenio. Pertenecen a la generación Z y han crecido en aquel nuevo orden mundial surgido tras el ataque terrorista a las Torres Gemelas; han sufrido en su propia piel las consecuencias de la crisis económica mundial de 2008 y otra experiencia tan devastadora como la pandemia de la covid-19 que todavía nos acompaña y que, según la OMS, está directamente relacionada con el cambio climático.
Es como haber nacido con un revólver en la sien. Los gases de efecto invernadero y el calentamiento global, del que también habla la sueca Greta Thumberg, les ha llevado a movilizarse con el lema Fridays for future y a salir a la calle durante muchos viernes en numerosas ciudades del mundo. Son conscientes de lo que se le viene encima y saben que en estas últimas dos décadas han sufrido las olas de calor más infernales de la serie histórica.
Quizás No Future, el grito de guerra del movimiento punk (y el estribillo de los Sex Pistols “God Save the Queen” No hay futuro / No hay futuro para ti), haya sido una llamada a la acción para los jóvenes de finales de los años 70 pero tenga también una nítida resonancia en el presente, en las reivindicaciones de derechos para la naturaleza, en la defensa de la biodiversidad y de las generaciones futuras. Y todo ello en contraste con el imaginario de futuro que les ofrecen las grandes empresas de Silicon Valley, muy parecido al de una serie de Netflix en la que los más afortunados (es decir, el uno por ciento), adquieren unos pasajes de SpaceX a Elon Musk para ir a Marte para fundar unas cuantas colonias disruptivas llenas de Starbucks y de relaxing cups of café con leche. Pues, el transhumanista y multimillonario magnate ya viste una camiseta con el escrito “Occupy Mars”, tal y como cualquiera puede comprobar buscando las fotos suyas que circulan por la red.
Sea como fuere, si a la emergencia ambiental le sumamos otras grandes problemáticas como el desempleo, la pobreza, la inmigración, el envejecimiento de la población y las múltiples necesidades sociales insatisfechas que de todo ello se derivan, trazamos un mapa de desafíos tan impermeables a las soluciones convencionales y a las que puedan venir de los estados y los gobiernos que resulta muy difícil abrir nuevas perspectivas de futuros practicables. En este escenario, en cambio, el diseño para la innovación social puede desempeñar un papel eficaz y esperanzador.
Desde la crisis económica de 2008 y la consiguiente contracción de los recursos públicos y de la inversión privada, la innovación social se ha convertido en uno de los ejes fundamentales de la estrategia europea para la elaboración de políticas y para el emprendimiento orientado a una economía sostenible, social y colaborativa. Y es precisamente en el Libro blanco sobre la innovación social que este nuevo paradigma de la política europea se define como “ideas (nuevos productos, servicios y modelos) que satisfacen las necesidades sociales y crean nuevas relaciones o formas de colaboración. En otras palabras, innovaciones que mejoran la capacidad de la sociedad para su funcionamiento”.
La innovación social, tal y como recuerda Ezio Manzini “adquiere su verdadera relevancia al señalar soluciones que rompen con los modelos económicos convencionales, proponen nuevos formatos de organización que desafían las tendencias tradicionales y superan las dicotomías clásicas entre lo público y lo privado, entre lo local y lo global, entre el consumidor y el productor o entre la necesidad y el deseo”.
Hoy en día existe la convicción de que muchos de los problemas que se resisten a las soluciones convencionales pueden encontrar respuestas inéditas de bienestar y crecimiento económico en territorios y sus comunidades, es decir, a partir de procesos abiertos de co-diseño y cogestión de nuevas soluciones y servicios. En este contexto, las personas adquieren un protagonismo cada vez más activo en la toma de decisiones de ámbito local pero, también, en la puesta en marcha de organizaciones colaborativas y empresas sociales, cooperativas e iniciativas sin ánimo de lucro en las que coexisten intereses individuales y colectivos.
«Las prácticas de innovación social responden a necesidades reales y plantean nuevas modalidades de decisión y actuación»
Las prácticas de innovación social responden a necesidades reales y plantean nuevas modalidades de decisión y actuación. Se enfrentan a problemas complejos gracias a intervenciones de tipo reticular en las que la colaboración y la participación sustituyen a las formas verticales de control. Pues, los ciudadanos se convierten en promotores de soluciones para resolver sus problemas que, además de las necesidades primarias, incluyen nuevas oportunidades de expresión, creatividad y convivialidad. El impacto potencial de estas iniciativas en el contexto social y en el territorio resulta ser mayor cuanto más inclusivos son los procesos de participación de la comunidad.
La innovación social, en cuanto que práctica que supone la creación de productos, servicios, ideas y nuevos modelos de comportamiento, puede encontrar un aliado especialmente eficaz en el diseño. Para ello es necesario superar muchas ideas del pasado que todavía consideran el diseño como una actividad circunscrita a aspectos muy concretos de la producción seriada de mercancías y de artefactos comunicacionales o que lo relegan a sus declinaciones disciplinares estancas y tradicionales, casi decimonónicas, como la de diseño de moda, producto, gráfico e interiores.
Mientras por una parte tenemos un diseño productivista cuyas preocupaciones estéticas y formales retroalimentan un mercado cada vez más “dopaminogeno” y que funciona como una “máquina para producir y reproducir el deseo social” (Carmagnola, Fulvio), de otra existen concepciones comprometidas con el cambio social, la ecología y las necesidades reales de las personas. Ya en los inicios de los años 70 en su famoso libro Diseñar para el mundo real era Victor Papanek quien sentenciaba que los diseñadores “debemos encararnos con las necesidades de un mundo que está con la espalda contra la pared mientras que las agujas del reloj señalan inexorablemente la última oportunidad de enmendarse.”
Pues, el reloj de la humanidad marca un minuto para la medianoche. Quizás sea por esta conciencia de los límites y por tener su fundamento en unas prácticas de proyecto que el diseño se ha convertido en una actividad “pluriverso”, capaz de adaptarse y reconfigurarse continuamente en su relación con los problemas del presente y con una transición hacia la sostenibilidad que no se puede ya procrastinar.
Sus métodos, es decir, los métodos desarrollados y empleados por los diseñadores a la hora de guiar la innovación en las empresas, también se aplican con éxito a la innovación social y a proyectos cuyo marco de referencia es el bienestar de la comunidad por encima del crecimiento económico.
Desde las primeras experiencias del diseño participativo de la Escandinavia de las años 70, pasando por el Human-Centered Design (HCD), los diseñadores atesoran un importante patrimonio de conocimientos y habilidades para poner las personas con sus necesidades, manifiestas y latentes, en el centro del proceso creativo. Pues, gracias al Design Thinking y al Human-Centered Aproach ya no se diseña “para los usuarios” sino “con los usuarios“ mediante procesos contributivos y generativos.
Finalmente, en lo que a la innovación social se refiere, los diferentes métodos de co-diseño permiten que expertos en la materia y personas sin preparación específica trabajen juntos en el desarrollo de nuevos proyectos y colaboren en la generación de valor compartido. En este contexto el diseño incide en los sistemas de relaciones que permiten la búsqueda y la
construcción de consensos referidos bien a la solución de problemas específicos, bien a nuevas visiones de futuro.