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Tipo

Artículos,Entrevistas,Proyectos

Año

2019,2020,2021,2022

Metro y medio y otras medidas

Por Alba Armada

Docente del departamento de proyectos

Alba Armada

El curso 2020-2021 puede haber sido uno de los menos convencionales dentro del ámbito académico de la escuela. La pandemia evolucionaba y el resto de la humanidad con ella, ajustándonos a sus cambios y a las nuevas medidas. Fueron el espacio y el tiempo los que configuraron un ‘entre dos realidades’ que se reunían en la afamada modalidad semipresencial. Pero la restricción de metro y medio de distancia interpersonal en la escuela fue la causante de tal compleja circunstancia. El espacio disponible no era suficiente para la confluencia del alumnado.

Recordarás que cada mañana, antes de salir de casa, era imprescindible ataviarte con la mascarilla. Recordarás tu llegada a la escuela en semanas alternas, con un horario de acceso más riguroso, con cierta escalada para que no coincidieras con otros grupos en la entrada y un chequeo de temperatura. Recordarás un lavado de manos con hidrogel, ajustar la mascarilla y caminar hacia tu aula, tu silla y tu metro y medio de distancia. Todo estaba medido para reducir riesgos de transmisión.

Los límites del aula se habían desdibujado con ventanas y puertas abiertas con una clara misión, minimizar las concentraciones de aire viciado. Respirabas el aire limpio y frío, filtrado por mascarillas de estampados y colores diversos. Inhalabas con seguridad frente al contagio. Exhalabas calentando tu cara y expulsando el vaho en tus gafas. Las miradas en ese momento eran intensas, muy sostenidas, intentado descifrar más allá de las palabras. Las gafas empañadas fueron barridos de silencio para descifrar sonrisa, preocupación, comprensión, apoyo, cada mirada hablaba. Creo que nunca nos habíamos visto tanto a los ojos e imaginado tantas caras.

Pero algo más había cambiado en el aula, una gran ventana en colores oscuros y un poco más grande que el metro y medio, presidía el centro de la estancia. Una gran pantalla, permanente, sólida y presente, era en sí un espacio donde toda la información gráfica, textual y oral se intercambiaba. Con gran esfuerzo cada clase era completada con pantalla, medios de grabación y captación de sonido como si de un pequeño plató de rodaje se tratase. Una cámara sobre la pantalla del ordenador y al menos una segunda cámara independiente, que podía ubicarse a voluntad con sendos micrófonos, capturaban la escenografía. Siempre parecía haber un tercer micrófono que no conseguíamos averiguar dónde se situaba, y que, en la mayoría de los casos, nos hacía jugar unos minutos al escondite al inicio de las sesiones.

Todo este sistema de cables ramificados e interconectados, meticulosamente asistidos, tenía una función muy importante, enlazar en directo a la escuela con otras pequeñas ventanas ubicadas a kilómetros de distancia. Una segunda realidad espacial se estaba cocinando en cada hogar. En tu semana online, el aula se abría a un espacio virtual al que podías acceder con un dispositivo donde la conexión de internet lo permitiese: salón, dormitorio, cocina o incluso una tentadora terraza. Recuperando recuerdos de esas conexiones, compartimos desayunos o conversaciones con mascotas que también nos han hecho más cercanos. La intimidad del aula se rompía ocasionalmente con la espontánea participación de familiares que, en ocasiones, olvidaban el tiempo de la clase.

Recordarás que la llegada al aula desde casa se hacía a cara descubierta dejándonos ver tu rostro y entorno mientras en el aula seguíamos encubiertos. Tu puntualidad era precisa, accediendo al enlace de ‘meet’ correspondiente y recibiendo quizá el ‘buenos días’ o ‘buenas tardes’ a través de una voz muy peculiar y aguda, nuestra ocurrente voz de ardilla. Nos gusta jugar, apagamos y encendemos, salimos y entramos para calibrar esa voz que ya finalmente se parece algo más a la real y física. Ajustamos el volumen, porque cada espacio virtual individual tiene una intensidad independiente, y parece haber ciertas dificultades para escuchar tu hilo de voz. Compartimos pantalla.

Mantener la atención desde casa delante de la pantalla del ordenador era una gran prueba de voluntad. Para quienes empezabais vuestro primer año en la escuela el sistema semipresencial era asumido con naturalidad, mientras que para quienes habíais cursado uno o más años previos, el doble escenario constituía un nivel de complejidad mayor, orientando principalmente las energías a la semana presencial. La semana online en casa podía ser en algunos casos un espacio muy solitario, que afortunadamente se veía interrumpido por los trabajos grupales compartidos en parte presencial cada quince días. Entre grupos burbuja de semana par e impar, conseguíais estrechar espacio a través de la
pantalla. Constructivamente compartíais impresiones sobre otras propuestas proyectuales de manera oral, por chat, videoconferencia de equipo, dibujando sobre la pantalla o interactuando en foros del aula-moodle de una manera muy animada, elocuente y madura. Así recuperasteis el leer o escuchar detenidamente para completar el mensaje que en parte había quedado oculto por la mascarilla y el espacio que nos separaba. Todos los beneficios que pueden quedarse.

En este espacio híbrido de realidades física y virtual nos hemos mantenido unidos. La resiliencia y paciencia han sido trabajadas de manera común mientras leíamos miradas y batallábamos por mantener una seguridad de metro y medio.

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