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Tipo

Artículos,Entrevistas,Proyectos

Año

2019,2020,2021,2022

Diseño y Patrimonio

Por Marta Pastor Estébanez

Coordinadora del Máster en Diseño de Espacios Comerciales y docente del departamento de proyectos

Marta Pastor Estébanez

Nuevas estrategias en el diseño de espacios comerciales

“En un principio, era el pie. Hace cuatro millones de años, antes de adquirir el uso de la palabra o de la razón, nuestros antepasados ya caminaban erguidos sobre dos pies”

Así comienza Marvin Harris a desgranar el origen de nuestra especie. El despegue lingüístico y el cultural siguieron al pie. Lo individual se fundía en lo colectivo, se acumulaban hábitos y tradiciones, la información socialmente adquirida se almacenaba, se recuperaba, se compartía. Se dieron los primeros asentamientos humanos y el intercambio cultural implicó, casi inmediatamente, un intercambio comercial, que se transmitía por distintos medios: voceando en la calle, mediante azulejos pintados que revestían las fachadas o a través del boca a boca. La venta ambulante se asentaba y comenzaba a realizarse en la tienda. La tienda era, a su vez, el bar.

Hoy en día, las marcas y productos no sólo se dan a conocer a través de sitios web, redes sociales y otros medios, sino que comercializan a través de ellos, por lo que el intercambio comercial ha dejado de ser la función primordial del espacio físico, que ha mantenido intacto, no obstante, su cometido como conector sociocultural. En esta evolución, el bar siempre ha estado ahí. Las nuevas redes sociales no pueden reemplazarlo. Incluso en las localidades más pequeñas, o en períodos de pandemia —cuando nos vimos obligados a trasladar las clases al bar—, éste se ha mantenido como el espacio comercial de intercambio social por excelencia. Y Madrid, la ciudad que acuna nuestra Escuela, para bien y para mal cuenta con al menos un bar en cada esquina.

Como nuestra sociedad, el diseño del lugar-bar se transforma, adapta y reconfigura. La diversificación de actividades en un mismo espacio, la generación de experiencias para el usuario o el impacto local son algunas de las medidas que permiten que este entorno comercial físico y materializado mantenga su magnetismo como lugar de intercambio social y regenerador de ciudad. El producto sigue ocupando un lugar primordial en el diseño de un entorno comercial, pero esto no implica que la tipología tradicional sea la única posible —ni deseable—. Ya en los años 60, Warhol predecía: «todos los grandes almacenes se convertirán en museos y todos los museos se convertirán en grandes almacenes», como, de hecho, ha sucedido en muchos casos. Esto implica una cierta transversalidad entre lugares que antes parecían distanciados — comercios, museos, oficinas, cines—; una cierta convergencia no solo tipológica sino también conceptual. La barra de un bar actúa como diafragma de esta nueva óptica y pasa a convertirse, así, en una caja escénica, un espacio de trabajo o una instalación artística con impacto no solo mediático, sino también local.

«Todos los grandes almacenes se convertirán en museos y todos los museos se convertirán en grandes almacenes» — Warhol.

Y todo ello diseñado, fundamentalmente, con coherencia. La comprensión del contexto, la identidad del bar, sus valores, objetivos, etc. permiten diseñar estratégicamente la complejidad del conjunto y cada una de sus partes. La forma, la iluminación, la tecnología, el mobiliario, los procesos o la experiencia sensorial son partes interconectadas de un organismo complejo, y la coherencia entre ellas y con el todo es lo que permite plasmar su identidad por medio del diseño. Para ello, garantizar la claridad del mensaje es uno de los grandes retos de los diseñadores.

En la ciudad, aún se ven bares con barra arquetípica, lámparas de 500 watios en tono azulado, melódicas tragaperras y superficies cristalinas con el menú escrito que reflejan un ruido ensordecedor. Los reconocemos porque suelen tener la mejor calidad-precio de bocata. Pero cada vez más, y muy especialmente en los centros de las ciudades —desde donde se irradia hacia la periferia—, esa convergencia tipológica, en gran medida propiciada por el desarrollo de la tecnología, ha permitido que el bar tradicional ceda paso a nuevas formas de desarrollar su actividad. Es decir, el traslado al bar de tipologías propias de vivienda, la deslocalización y flexibilización de los puestos de trabajo, o la metamorfosis del mobiliario —por ejemplo, la ciencia nos dice ahora que permanecer horas sentado es perjudicial para la salud—, son algunas de las estrategias actuales en el diseño de los nuevos bares. Tendencias de diseño que aspiran a mejorar el ánimo, la creatividad y la interrelación de los usuarios, tal vez con el rendimiento económico en el horizonte, pero, sin duda, también por mejorar la realidad física en una época en que necesitamos, más que nunca, compensar la virtual.

La diferenciación ha sido vital para el crecimiento de un comercio. Más allá de la calidad del producto —la caña o la gilda—, su precio o su aspecto, que son valores diferenciales esenciales, el comercio tradicional contaba con sus propias estrategias de diferenciación: se aconsejaba mejor a los clientes sobre un mismo producto, se difundían más eficientemente los chismorreos del barrio, se gozaba de una mejor iluminación o accesibilidad o música. Actualmente, el contexto es más complejo y cambiante, la estrategia de captación se dirige no sólo al grupo sino también a cada individuo —la personalización, por ejemplo, se impone para compensar la acusada globalización—, el lenguaje y la semiótica se actualizan constantemente, etc. En definitiva, la experiencia del usuario y el diseño de servicios distinguen unos locales sobre otros y continúan siendo algunas de las claves del diseño estratégico en el entorno comercial.

La crisis socioeconómica ha puesto de manifiesto, desde hace tiempo, la necesidad de diseñar según criterios de sostenibilidad y responsabilidad social, algo que se ha convertido en piedra angular de los procesos de diseño de estos espacios. Es cierto que el diseño y la renovación de los espacios interiores requiere una inversión considerable a corto plazo, aunque con frecuencia menor que la obra nueva —hay un considerable patrimonio barístico ya construido que requiere mejoras— y, en todo caso, un buen diseño contribuye a optimizar los recursos y a mejorar el rendimiento a medio y largo plazo. Por otro lado, la rotación de los comercios en la ciudad es cada vez mayor, y con cada cambio se plantean nuevas necesidades de reforma espacial que requieren la labor comprometida de las nuevas generaciones de diseñadores de interiores.

Gabinete Caligari ya lo formulaba en los ochenta, «Bares, qué lugares, tan gratos para conversar, no hay como el calor del amor en un bar […]».

Tal vez sea, precisamente, este amor por el intercambio sociocultural el que nos impulsa a profundizar en la idea y el diseño del bar en su sentido más amplio, como identificador de los comportamientos de una sociedad y configurador de la vida e imagen de la ciudad. Y, para ello, lo mejor que podemos hacer desde la Escuela es fomentar el aperitivo entre clases y, sobre todo, cultivar la curiosidad.

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